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Una última columna, eternamente agradecido

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Durante más de cinco años, he sido bendecido al poder compartir con ustedes mis reflexiones en esta columna mensual. Cuando comencé a escribirla, me tomaba mucho tiempo preparar cada texto. A menudo me preguntaba si alguien los leía o si realmente hacían alguna diferencia.

Sin embargo, en mis visitas a las parroquias y en distintos eventos, muchos de ustedes me dijeron que leían estas reflexiones y que les ayudaban a conocer mejor mi mente y mi corazón. Algunos compartieron palabras de aliento y otros ofrecieron sugerencias constructivas. Todo ese diálogo me ayudó a crecer en gratitud. Dejé de ver esta columna como una tarea y comencé a verla como un verdadero privilegio. Se convirtió en una de las maneras en que caminamos juntos en la fe.

Hoy escribo mi última columna. Es un momento agridulce. Me entusiasma el siguiente paso que Dios me pide al ir a Nueva York, pero al mismo tiempo voy a extrañar profundamente este intercambio continuo con ustedes.

Al llegar al final de este diálogo escrito, quisiera reflexionar con ustedes sobre algunas ideas que compartí en mi Misa de despedida el 11 de enero de 2026.

En mi homilía expresé mi sincero agradecimiento por la fe y el amor que me han mostrado durante mis años como su obispo. Juntos hemos vivido momentos muy significativos. Hemos celebrado los sacramentos. Hemos fortalecido nuestra misión de ser una Iglesia viva y evangelizadora. A través de las Confirmaciones, las ordenaciones, las graduaciones, la Misa Crismal, los bautismos, los funerales, el servicio comunitario y el cuidado de los más vulnerables, he visto a Jesucristo reflejado en ustedes. Y cada vez que nos reunimos para el Santo Sacrificio de la Misa, ustedes fortalecieron mi fe y me acercaron más a Dios. Y oro para que yo haya hecho lo mismo por ustedes.

Estoy profundamente agradecido con nuestros sacerdotes, que sirven fielmente con corazón pastoral y liderazgo generoso. A nuestros diáconos, a sus esposas y a sus familias, gracias por su constante ministerio de caridad y servicio. A nuestras religiosas, religiosos y vírgenes consagradas, su presencia orante y su ministerio colaborativo han sido una bendición constante. Doy gracias por cada sacrificio y por cada acto silencioso de amor que muchas veces pasa desapercibido, pero que nunca pasa inadvertido ante Dios.

Quiero agradecer también a nuestro personal diocesano y a todos los empleados que viven su trabajo como una verdadera vocación, asegurando que la Iglesia continúe su misión. Nuestros administradores, maestros, catequistas y ministros de pastoral juvenil forman discípulos en las aulas y en los salones parroquiales. Nuestros músicos, ministros litúrgicos y tantos voluntarios dan vida y belleza a nuestra oración y misión. Y a cada feligrés de nuestros siete condados, sepan cuánto agradezco su generosidad y su testimonio de fe en sus hogares, parroquias y lugares de trabajo.

Por el bautismo, todos estamos llamados a continuar viviendo la misión de Jesucristo. Yo avanzo ahora para servir en Nueva York, confiando en que la buena obra que hemos comenzado juntos seguirá dando frutos aquí en la Diócesis de Joliet.

Muchos me han preguntado quién será el próximo obispo. Pronto se nombrará a un administrador que continuará guiando y gobernando la diócesis mientras el nuncio apostólico y el Dicasterio para los Obispos presentan sus recomendaciones a nuestro Santo Padre, el Papa Leo. A su debido tiempo, él nombrará al séptimo Obispo de Joliet. Les pido que se unan a mí en oración por este proceso de discernimiento.

Aunque mi ministerio continuará en otro lugar, creo firmemente que la oración nos mantiene unidos. Cada vez que oramos unos por otros, permanecemos profundamente unidos en Cristo. Sigamos presentándonos mutuamente ante Dios. Los llevaré conmigo en mi corazón y en mi oración diaria, y humildemente les pido que también me recuerden en la suya.

Los animo además a ser discípulos que hacen discípulos. Por favor, continúen acogiendo mi carta pastoral titulada HACER (MAKE.) Oren con ella. Reflexionen sobre ella. Compártanla. Pónganla en práctica cada día. La Iglesia crece cuando cada uno de nosotros responde al llamado de vivir el Evangelio con convicción y alegría.

Permanecen en mi corazón y en mis oraciones con profundo cariño y sincera gratitud. Que Dios los bendiga y nos bendiga siempre. Paz y bien.

[Notar: El texto completo y una grabación en video de mi homilía de despedida pueden encontrarse AQUÍ..]